En demasiadas ocasiones cometes el grave error de no valorar suficientemente tu trabajo. Al  infravalorarte acabas consiguiendo que tu propio cliente, al ver que no le das importancia a lo que haces, deje de valorarte tanto moral como monetariamente hablando. No digo con esto que te conviertas en un mercenario (bastaría más), sino que seas capaz de poner en valor tu trabajo, fruto de muchos años de formación y fruto también de la experiencia adquirida.

 

Recuerdo en mi niñez cuando una vez en nuestra casa se estropeó el termo y no podíamos bañarnos. Cuando llegó el técnico a arreglarlo solucionó la avería en un abrir y cerrar de ojos. La factura incluía desplazamiento más mano de obra y era un buen dinero. Cuando le pregunté a mi padre cómo era posible pagar por cinco minutos y apretar un tornillo tantas “pesetas”, me dijo sin dudarlo, que era cierto, pero que el técnico, gracias a su profesión sabía qué tornillo había que apretar y que nosotros debíamos pagar por eso.

 

Esta reflexión de lunes me viene a la cabeza tras mantener una conversación con una amiga este fin se semana. Ella me contaba que su marido (por aquella época de la que me hablaba aún era su novio) fue uno de los pioneros de la informática en su pueblo y como casi nadie tenía ordenador, todo el mundo lo buscaba para cosas como diseñar cartas para bares y restaurantes, instalar programitas para el PC, etc El nunca cobraba a nadie por este trabajo, ya que no lo consideraba como tal, pues solo eran unos minutos lo que le llevaba solucionar los problemas de sus vecinos. Es más, siempre les decía: “Esto es una tontería y lo hago en un segundo“… pero mi amigo olvidaba que él era el que sabía qué tornillo apretar. Desgraciadamente salvo los 3 o 4 de siempre, nadie reconocía que esto era un trabajo y que costaba dinero. Nadie era consciente de su valor pues mi amigo era el primero que no lo valoraba.

 

Una vez que me contaron un cuento de Jorge Bucay que espero te guste:
Un joven estaba muy triste y agobiado porque nadie lo valoraba. Se quejaba porque nadie apreciaba su buen hacer, es más, todo el mundo le decía que no valía para nada.

 

Escuchó hablar de un hombre sabio que tenía una solución para cada problema, así que sin dudarlo, decidió emprender el largo camino para ir a visitarlo. Tras varias semanas de peregrinaje, llegó al lugar donde estaba el sabio, que no era otro que en una alta montaña. No tardó ni un segundo en plantearle su pregunta, en busca de su posible solución. El hombre sabio le agradeció el interés demostrado por él y ese largo viaje, pero le dijo que él también tenía sus problemas (tenía que pagar una deuda) y que mientras no los solucionara, su mente no estaba para otras cosas. El chico intentando ayudar el sabio le preguntó qué podía hacer por él. Este le dio su anillo de oro y le pidió que fuese al pueblo más cercano y que lo cambiara como mínimo por una moneda de oro.

 

No era trabajo duro el que le encomendó el sabio al joven, así que bajó al pueblo en busca de esa moneda (como mínimo) con la que el hombre podría pagar su deuda. Pero por mucho que lo enseñó y comentaba el precio, nadie estaba dispuesto a pagarlo. Uno le gritó que si pensaba que era tonto y pretendía timarlo. Otro, que nadie le daría jamás una moneda de oro por ese anillo, acaso una de plata …  El joven muy triste fue de nuevo al encuentro del sabio y le contó su fallida experiencia. Le preocupaba no haberlo podido vender por esa moneda de oro, ya que al no hacerlo, el sabio seguiría sin poder ayudarlo al no poder pagar su deuda.

 

El hombre sabio no se sorprendió al conocer el fracaso del joven y le comentó que a lo mejor el problema era debido a no haber consultado a un joyero antes de intentar venderlo. Un profesional le habría dicho el precio real del anillo. De esta forma sabrían a ciencia cierta lo que debían pedir por él. Animó al joven para que bajara de nuevo al pueblo y preguntara por el precio real, pero que no lo vendiera, sino que cuando lo supiera debía comentárselo al sabio. Así lo hizo el joven y acudió al mejor joyero del pueblo, le enseñó el anillo y no le pidió la moneda de oro, sino que le preguntó su precio. El joyero lo examino con una lupa y lo pesó a continuación.  Le respondió que el precio variaba según la prisa que tuviera por venderlo, que si lo quería de inmediato, podría darle 50 monedas de oro, pero que si podía esperar, conseguiría hasta 70.

 

El joven había recibido la mejor de las elecciones. El era como el anillo, tenía un incalculable valor pero como nadie se lo había dicho nunca, dudaba de sí mismo y de su capacidad.

 

La de veces que no asignas a las cosas que haces o a ti mismo, el verdadero valor que tienes. La de veces que por anticiparte a los acontecimientos y prejuzgar, te equivocas.

 

Tienes que aprender a poner en valor tu trabajo, ya que aunque para ti sea parte de la rutina, es muy importante para los que te rodean. Más, mucho más, de lo que tú mismo imaginas…

 

¿Ves ahora la importancia que tiene saber qué tornillo hay que apretar?

One thought on “Aprendiendo a valorar nuestro trabajo

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